lunes, 1 de marzo de 2010

IDENTIDAD


II. XAVIER MINA EN TAMAULIPAS


¡Buen domingo, querido lector! En su interesantísimo libro La primera imprenta en las Provincias Internas de Oriente. Texas, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila (Librería Robredo, de José Porrúa e Hijos, 1939), Vito Alessio Robles, en su capítulo “La primera imprenta tamaulipeca”, nos informa de un hecho histórico de múltiples facetas: la primera es uno de los hitos de nuestra Independencia: la llegada a Soto la Marina, en abril de 1817, del liberal español que había luchado contra los franceses y después contra Fernando VII, Francisco Xavier Mina. La segunda es la presencia, en este convoy, del gran ideólogo de la independencia americana, fray Servando Teresa de Mier. Y tercera, sobre la primera prensa en tierras tamaulipecas y su primera impresión por el impresor Bangs. Dice Alessio Robles:


Obra en mi poder un pliego de cuatro páginas de 23 por 20.6 centímetros, impreso en tres de sus caras, y la cuarta en blanco, que tiene por título Boletín I de la Division ausiliar de la República Mexicana, fechado en Soto la Marina el 25 de abril de 1817 y firmado por Xavier Mina, con el pie: Cuartel general de Soto la Marina a 26 de abril de 1817. En dicho boletín se explican los motivos por los cuales Mina se decidió a pelear por la causa de la independencia mexicana, inserta la proclama expedida en el río Bravo del Norte y termina con una larga exposición encabezada: “A los Españoles y Americanos”


De este boletín hubo que hacer reimpresiones porque su demanda fue enorme. El historiador Hernández y Dávalos afirmó que el boletín citado había sido impreso “en el desembarcadero o sea en la desembocadura del río de Santander, que ahora se llama generalmente de Soto la Marina”. Alessio Robles no cree que la prensa haya sido desembarcada, sino que, dadas las dificultades para el desembarque y el hecho de que los barcos enarbolaban bandera española, la impresión fue realizada a bordo. Por otra parte, se trata de una proclama dirigida únicamente a los soldados que integraban la expedición de Mina. Permítame ofrecer a usted, querido lector, este documento histórico:


Compañeros de armas:

Vosotros os habéis reunido bajo mis órdenes á fin de trabajar por la libertad e independencia de México. Ha siete años que este pueblo lucha con sus opresores para obtener tan noble objeto. Hasta ahora no ha sido protegido; y a las almas generosas toca mezclarse en la contienda. Así vosotros siguiéndome habeis emprendido la mejor que pueda suscitarse sobre la tierra.

Hemos tenido que vencer muchas dificultades. Yo soy testigo de vuestra constancia y sufrimiento. Los hombres de bien sabrán apreciar vuestra virtud y ahora vais a recibir su premio, es decir, el triunfo y el honor que de él resulta.

Vosotros sabéis que al pisar el suelo mexicano no vamos á conquistar, sino á auxiliar á los ilustres defensores de los más sagrados derechos del hombre en sociedad. Hagamos, pues, que sus esfuerzos sean coronados, tomando una parte activa en la carrera gloriosa en que entienden.

Os recomiendo el respeto a la religión, a las personas y a las propiedades; y espero que no olvidareis de que no es tanto el valor como una severa disciplina lo que proporciona el éxito de las grandes empresas.

Río Bravo del Norte á 12 de abril de 1817.

Xavier Mina


Alessio Robles nos avisa que la lectura de este boletín “fue severamente prohibida por el obispo de Durango, en pastoral fechada el 5 de julio de 1817”. Como bien sabemos, Mina fue fusilado el 11 de noviembre de ese año. Su generosa expedición, dice Luis Villoro, fue “la última acción importante en la insurrección popular”.


Este pliego de cuatro páginas ha cumplido su deber histórico: nos ha entregado un momento de nuestro pasado, de nuestra cultura, de nuestra Patria, de nosotros mismos.


¿Me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 28 de febrero de 2010).

IDENTIDAD


I. los signos


¡Buen domingo, querido lector! Qué le parece si hoy hablamos de esa palabra tan traída y llevada, cuyo significado esencial nos representa. Me refiero a la palabra identidad. Tomo del Diccionario sus tres primeras acepciones:


1. Cualidad de idéntico.

2. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.

3. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás.


Todas las comunidades conservan lo que las signifique en su devenir, y las defina en cualquier tipo de expresión: arquitectura, pintura, música. Ciertamente, estos hitos (en el sentido de “persona, cosa o hecho clave y fundamental dentro de un ámbito o contexto”) llevan consigo las contaminaciones propias de la evolución que los va enriqueciendo y, por ello mismo, se van arraigando material e idealmente como señal de su paso en un proceso, y como hecho fehaciente y comprobatorio que reclama su sitio en la historia. Respetar, mantener, restaurar estos elementos define la cultura de una comunidad. Destruirlos muestra el desamor por el pasado, sugiere que ese bien avergüenza, refleja el repudio de lo propio; en resumen, es el mejor ejemplo del desconocimiento de los valores más acendrados, es la maligna capacidad de nulificar nuestro futuro por cuanto se niega a las nuevas generaciones el sagrado derecho a la asunción de su origen, a la comprensión de su paisaje.


Los historiadores y los cronistas lo saben: es su materia de trabajo. Cada objeto, cada papel, cada edificio, cada mapa es un testigo: conforma e ilustra los hechos en los que ha participado una comunidad. En ellos, si se les sabe leer o interpretar, “constan datos fidedignos o susceptibles de ser empleados como tales para probar algo”.


¿Por qué conservamos y hasta defendemos con denuedo los últimos restos de una construcción pretérita, pero representativa de nuestro ser histórico? La respuesta es obvia: ellos constituyen nuestra identidad, la que nos hace únicos, distintos.


Los gobiernos preservan nuestros bienes culturales en cualquiera de sus expresiones y dictan leyes para su cuidado. Nadie puede nulificar un signo de identidad aunque enarbole argumentos de índole estética o política. Y, por supuesto, su preservación no está a decisión popular o centralista.


Vayamos a los extremos: ¿qué calificativo nos merecería Grecia si demoliera o reubicara los monumentos de su Acrópolis para agregar otros más “de moda”? ¿Y París, si derribara su Torre Eifeel para ocupar su espacio con algún edificio de mayor interés actual? ¿Y Nueva York, si echara abajo su estatua de La Libertad para sustituirla por un edificio más acorde con el mundo de la tecnología? ¿Y el Distrito Federal, si por resabios nacionalistas destruyera la estatua ecuestre de Carlos IV, nuestro famoso “Caballito”, para dejar allí sólo un recuerdo de él mismo?


No, caro lector, No me responda. Usted y yo estamos de acuerdo: coincidimos con los principios que sostienen la tarea de cronistas e historiadores, esos vigilantes de cada paso que damos en el tránsito vital de nuestra ciudad, siempre a la salvaguarda de nuestro pasado, de nuestros bienes, de nuestra cultura.


¿Me leerá el próximo domingo? Espero no fatigarlo porque pienso continuar dándole vuelta a estas ideas. Estoy segura de que las compartiremos. Lo espero.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx



(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 21 de febrero de 2010).

lunes, 15 de febrero de 2010

LOPE DE VEGA


¡Buen domingo, querido lector! Hemos disfrutado de la puesta en escena de Fuente Ovejuna, pieza obligatoria en nuestra escarcela cultural. Así pues, recordemos al madrileño Lope de Vega (1562-1635), de quien todos sabemos que fue un portento intelectual (a los cinco años leía perfectamente latín y español), que tuvo una vida amorosa demasiado intensa, y que se ordenó sacerdote aunque sin abandonar sus conflictos eróticos. Pero junto a estos azares, Lope alcanzó en vida una fama casi mítica con la consiguiente envidia de las luminarias de su época. Lope fue el escritor más fecundo de las letras españolas: tocó todos los géneros, excepto la novela picaresca. Expresó su lirismo particularmente en su poesía: con Quevedo y Góngora se ubica en la cumbre de los mayores sonetistas. ¿Recuerda usted su “Definición del amor”?


Pues este poeta fue un insigne comediógrafo y, al igual que García Lorca, supo capturar la vibración que el pueblo deja en cada uno de sus actos y de sus pensamientos. No desdeñó teñir su escritura con jirones de su propia vida. Pero, por sobre la infinitud de todo su trabajo, Lope es el gran creador del teatro nacional español: él fijó el patrón formal de la comedia en tres actos. Su inspiración procede del riquísimo venero de la historia maridado con la lírica popular; el resultado es obvio: su teatro es la mejor fuente para conocer a la sociedad española de los siglos xvi y xvii, y fue tan rica su materia y tan fácil su estro que escribió mil ochocientas comedias y, según sus estudiosos afirman, algunas fueron realizadas en veinticuatro horas. Sólo se conservan unos quinientos títulos, clasificadas en religiosos, mitológicos, pastoriles e históricos. En este último grupo destacan tres de permanente presencia en el repertorio dramático universal: Fuente Ovejuna, Peribáñez y el comendador de Ocaña y El caballero de Olmedo. En ellas bulle el espíritu nacional y sus más caros principios: el honor y la justicia, grandes valores representativos de la inmortal esencia del pueblo.


Lope de Vega no fue sólo un escritor de novelas, poesías y dramas: como resultado de su experiencia frente al manejo de las tramas y los personajes, nos dejó un texto de intención didáctica: El arte nuevo de hacer comedias (1609); allí expone su teoría teatral y su perspectiva estética, si bien su estructura revela una clara influencia horaciana con la variante moderna de saber entregar al público el derecho al juicio crítico.


Estamos de plácemes: la Compañía de Teatro del Espacio Cultural Metropolitano ha presentado Fuente Ovejuna, con la impecable dirección de la maestra Sandra Muñoz. Sus actores, ya expertos en estas lides (los recordamos bien en su inolvidable La casa de Bernarda Alba), realizan una difícil conjunción de drama y de ballet. Su escenografía, sobria y elemental hasta sus máximos límites, soporta en los cuerpos y en las voces de los actores toda la responsabilidad de la obra. Sus cuerpos, instrumentos de permanente expresión, se deslizan en un breve escenario que recuerda los primeros “corrales” donde las antiguas representaciones tuvieron su asiento. Su dicción, aún en proceso de perfeccionamiento, lucha celosamente con los versos acompasados del autor, que necesitan claridad, emoción y, especialmente en esta comedia, gran agresividad para encontrar en el público el cómplice ideal, primera meta del escritor. Ya se escuchan, en esta joven compañía, algunas voces sonorosas y emotividades dignas de actores consumados. ¡Felicitaciones al Espacio Cultural Metropolitano por el buen éxito de su compañía teatral!


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 14 de febrero de 2010).

DISIDENTES


¡Buen domingo, querido lector! Hay palabras cuyo transcurso alebrestado ha ganado para ellas alguna mala fama, y conviene –me parece– restituirles su original valor. Éste es el caso de disidir. Según dice el Diccionario, disidir significa “separarse de una creencia o conducta o doctrina común”, esto es: no estar de acuerdo con los conceptos generalmente sostenidos por una sociedad, una empresa, una institución o, simplemente, un grupo familiar. A todos nos ha sucedido el no estar de acuerdo con. Y esto es explicable. Cada uno de nosotros tiene una historia personal que incluye desde nuestra estatura, raza y nacionalidad, hasta la clase social, educación recibida en el hogar –en el caso de haberlo tenido–, nivel de instrucción alcanzado y, naturalmente, las aficiones o las preferencias personales, desde las gastronómicas hasta las sexuales. Estos datos nos otorgan una especie de tarjeta de identidad donde se manifiestan nuestras simpatías y nuestras diferencias: es nuestra individualidad. Pues bien, esa individualidad nos compromete a ejercer el derecho de pensar, de generar nuestras propias ideas y, naturalmente, de aceptar o repugnar tales o cuales principios aunque éstos vengan de voces famosas o principales.


Es muy fácil decir en una mayoría que dice , o decir NO en una mayoría que dice NO. ¿Por qué? Pues porque no es sencillo ir en contra de las mayorías aunque sepamos bien que las mayorías ¡nunca!, por ser mayorías, tendrán la razón. No sólo no es sencillo, también puede ser peligroso. Además, el decir cuando todos dicen nos ahorra el acto de pensar y nos instala en esa acomodaticia mediocridad que suele lanzar al hombre a toda clase de precipicios. Ser mediocre significa ser “de calidad media”, y ni siquiera se relaciona con la magnífica aurea mediocritas horaciana, esa mediocridad dorada, ese término medio cuya tranquilidad es preferible a cualquier estado superior engañoso y, desde luego, riesgoso.


Pero ¿qué pasaría si, por la comodidad de no hacer trabajar nuestro intelecto, o por el miedo a responsabilizarnos de nuestras ideas, apoyamos a las mayorías sólo porque son mayorías? Sí, así es, en un cierto tiempo nos habremos convertido en seres automatizados en hechos y en actitudes: nos habremos mecanizado. Por el contrario, las miradas que contemplan los problemas desde otros ángulos, las que se ubican en otras perspectivas, las que hacen un alto en los aspectos no detectados, las que poseen claridad en sus convicciones, son las que ejercen la disidencia.


Es obvio: la disidencia tiene sus bemoles. Debemos ser cautos cuando escuchamos su voz. Disidir no es caer en la anarquía propugnadora de la desaparición del Estado y de todo poder. ¡Cuidado! No, no se trata de ir en contra de la autoridad ni del orden social. No. Tampoco induce hacia el desconcierto o a la incoherencia o al barullo. No. Disidir es el sagrado derecho a “no estar de acuerdo”, el derecho a expresar el punto de vista personal y el derecho a ser escuchados.


¿Quiénes son los disidentes? Quizá todos: todos los que no estén de acuerdo con las peligrosas mayorías, siempre y cuando que su disidencia esté fundamentada. No olvidemos que nuestra visión será más clara mientras menos ignorantes seamos, mientras más amemos a nuestra Madre Naturaleza, mientras más respetemos a la sociedad, a sus individuos y a sus leyes, mientras más comprendamos al hombre y sus derechos, mientras más conozcamos nuestra historia, mientras de manera más alerta mantengamos un perenne diálogo con nuestro entorno. Estas condiciones autorizarán siempre cualquier disidencia. ¿O no lo cree usted así?


Y dígame, nos veremos aquí el próximo domingo? Gracias. Lo espero.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 07 de febrero de 2010).


jueves, 4 de febrero de 2010

MISTAGOGOS


¡Buen domingo, querido lector! Todo conocimiento requiere de una iniciación, pero de una sabia iniciación. Así nos sucede en todos los aspectos de la vida, desde nuestras primeras exploraciones ante cada movimiento o ante cada color hasta nuestra intuición de las delicadas y complejas leyes del Universo. La gentilidad grecorromana, pendiente de mantener su panteón en activo, conservó en secreto el sacramento de las leyes físicas, aparentemente elementales, para que siempre fueran apreciadas en su grandeza. Sólo a sus cofrades les fue revelada la verdad esencial: su posesión significaba pertenencia. Para llegar a la sublimación de esa verdad y de sus leyes básicas, era necesario un fortalecimiento espiritual, un “estar en el secreto”, un compartir los orígenes de la hermandad con los que “sabían”. La verdad nunca ha sido un bien destinado a todos y no debía popularizarse: los ejercicios iniciáticos señalarían a quienes fueran dignos de poseerla. Para no equivocarse en la elección de los “sacerdotes”, la iniciación estaba a cargo de los mistagogos. Pasada la gentilidad, las distintas iglesias del mundo han seguido esta práctica valiéndose de catequistas, explicadores o iluminadores de todo aquello que, bien observado, no tiene más incógnita que el general espíritu de bien cuya meta es el respeto por nuestro entorno y la continuidad de la vida. Entender las mitologías sectarias es asunto fácil para quien ha recibido una sabia instrucción.


El siglo xxi ha amplificado los conceptos: los modernos mistagogos son los expertos introductores en cada una de las etapas de la humana existencia: primeramente, la madre; ella transmite a su hijo las inaugurales informaciones que darán sentido a ese parvo ser cuya vida habrá de enfrentar al mundo y sus certezas. Después, los versados en cada uno de los espacios del aprendizaje, desde las primeras letras hasta la infinitud de las ideas, desbastarán las diferentes vías de la cultura y dotarán a cada individuo de los necesarios instrumentos decodificadores. Los especialistas en los protocolos políticos allanarán los caminos de las naciones según las necesidades de los aspirantes. En los entreveros sociales se irá de la mano de los encargados de entronizar a quienes deseen participar de ellos. Así en las ciencias, así en las artes, así en la cultura en general. Cada profesión, oficio o actividad, tiene sus propios símbolos, sus signos particulares, sus códigos secretos. Nuestro planeta se rige por normas que si bien no están al alcance de todos, sí están a la disposición de quien aspire, respetuosamente, acercarse a ellas. El triunfo en la vida o el buen éxito en una carrera profesional empieza bajo el amparo de los mistagogos adecuados.


Pero hay también mistagogos silenciosos: son lo que muy pocas veces reciben el crédito o el agradecimiento que suele otorgarse a un profesional; son los que abren sus páginas y ofrendan el mundo: son los libros. Ellos nos invitan, nos llaman y nos donan tanto como nosotros queramos o podamos recibir. Los límites los marcamos nosotros. Estos mistagogos silenciosos, hoy muy amenazados por los mistagogos virtuales, son la matriz forjadora de nuestro intelecto, en la ciencia, en el arte, en la técnica. Mantengamos vivo su hogar, las bibliotecas, para que cumplan la función a la que fueron destinados. Dejemos que nos entreguen sus páginas generosas y nos obsequien su sabiduría. Ellos son los mistagogos que nos permitirán la mejor comprensión del Universo.


¿Me leerá la próxima semana? Gracias, aquí lo espero.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 31 de enero de 2010)

martes, 26 de enero de 2010

DISCULPAR, PERDONAR


¡Buen domingo, querido lector! Casi a diario, escucho una frase un tanto fatigosa a la que, particularmente las damas, le están dando un valor de código moral muy lejano de su realidad semántica: ¡Hay que saber perdonar! Esta frase, dicha en un tono de beatitud, asusta. ¿Qué actos encubre? El termómetro de las ofensas o de los delitos o de los daños o simplemente el de las faltas, tiene un muy amplio y minucioso espectro. ¿Por qué se le da a la palabra perdonar tanto valor como si fuera casi la llave maestra del Reino de los Cielos? ¿Usted sabe qué clase de faltas deben ser perdonadas? ¿No estaremos confundiendo la tal palabra con la casi inofensiva disculpar? Veamos qué nos dice el Diccionario de la lengua:



disculpar: “Dar razones o pruebas que descarguen de una culpa o delito. // No tomar en cuenta o perdonar las faltas y omisiones que alguien comete. // Pedir indulgencia por lo que ha causado o puede causar daño.”



disculpa: “Razón que se da o causa que se alega para excusar o purgar una culpa.



perdonar: Del latín per y donare, dar. Dicho de quien ha sido perjudicado por ello: Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa. // Exceptuar a alguien de lo que comúnmente se hace con todos, o eximirle de la obligación que tiene [como el pago de impuestos a ciertos beneficiados]. // Renunciar a un derecho, goce o disfrute.


María Moliner, en su Diccionario de uso del español, nos dice:


Perdonar: Renunciar alguien voluntariamente a castigar una falta, delito u ofensa o a cobrar una deuda. No guardar resentimiento ni responder con reciprocidad cuando se recibe un agravio o se es objeto de falta de la estimación o el cariño por parte de alguien. // Se usa muy frecuentemente en frases de excusa cuando se causa alguna molestia involuntariamente.

En estas definiciones sólo veo un concepto cuyo significado es la capacidad de no tener en cuenta desde las faltas de delicadeza ajenas hasta el incumplimiento del pago de los impuestos fiscales. Explicablemente, no se mencionan los grandes daños: los crímenes contra la vida, los deterioros a los bienes o el atentado al buen nombre de las personas pertenecen al campo delictivo y están ampliamente contemplados en el derecho civil y en el derecho penal, y son las autoridades competentes quienes aplicarán la pena correspondiente en cada caso: los delitos de esa naturaleza se persiguen de oficio.

¿Por qué insistir en esto del perdón? Si el castigo de las infracciones gordas incumbe a las autoridades, y la disculpa de las sencillitas es una verdadera bobería, ¿con qué estamos asociando la palabra perdón? Seamos precisos: Si alguien entra a mi casa a matar, a robar o a difamarme, no lo castigaré personalmente, a pesar de mis enormes deseos de hacerlo, pero sí llamaré a la policía y ella se hará cargo (¡eso espero!), y de ninguna manera me sentiré en la obligación moral de perdonar al delincuente, y de darle una palmadita de aprobación: si lo hago estoy estimulando la comisión de tropelías en mi hogar a sabiendas de que cualquiera será eximido de toda culpa. Es obvio: el delincuente debe recibir el castigo al que se ha hecho acreedor. O, ¿usted que haría después de que le vaciaron la caja fuerte o le dejaron su casa tinta en sangre o se llevaron el refrigerador y el marido? ¿Perdonaría? ¿Llamaría a la policía? No, no me conteste, pero estará de acuerdo conmigo en que el ¡hay que saber perdonar! es una expresión con muchas aristas, y una cosa es decirla y otra cumplirla? ¿O usted está dispuesto o dispuesta a poner la otra mejilla?, ¿está seguro?, o ¿de qué delitos estamos hablando?

¿Lo espero la próxima semana? Gracias. Aquí estaré.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx

www.endulcecharla.blogspot.com

www.LaRazon.com.mx

Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

www.miradio.com.mx


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 24 de enero de 2010)

domingo, 17 de enero de 2010

SEGUNDAS LECTURAS


¡Buen domingo, querido lector! ¿Por qué hay ciertos libros que, después de leerlos, no deseamos separarnos de ellos y los guardamos cerca de nosotros, en la mesa de noche o en el escritorio de trabajo? Eso no lo hacemos con todos los libros. Sí, amigo mío, hay libros para releer, para meditar, para detenernos en las ideas, en las palabras: ellos encierran cierta almendra deliciosa que nos llama, que nos atrae.

¿Cuál es el proceso de nuestra lectura? En la primera, por lo general, nos enteramos del contenido; si deseamos apreciar con más justeza algunas ideas que nos han alertado, debemos releer algunas líneas, algunas frases. ¿Cómo sabemos cuáles son? Porque hay líneas o frases que brillan entre los millones de letras que pululan frente a nosotros: sus luces poseen una especial coincidencia con nuestro cerebro, con nuestras emociones, con nuestros sentimientos. A esas páginas, fatalmente, volveremos para aplicarles una segunda lectura, o tercera o cuarta o las necesarias para confirmar nuestra complicidad con ellas, porque no sólo se aposentaron en nuestra inteligencia, sino que cavaron hondamente en nuestro corazón. Así, en la profundidad de ciertos párrafos, comulgamos con el autor.

Cada lectura posterior a la primera nos permitirá avanzar un peldaño más en su comprensión. Cada acercamiento nos conducirá a los distintos niveles que ofrece un escritor. Permítame un ejemplo: Si leemos una novela, lo primero que recibimos es la anécdota y, si hemos sido atentos, se nos manifestará su proclividad temática que, de manera especular, nos ofrece el escritor, si es un buen representante de su época. Una segunda lectura nos adentrará en niveles más recónditos o adláteres: el reflejo del trasfondo social evidente en las interrelaciones de los personajes; el descubrimiento de algunos símbolos, esos en los que, inevitablemente, se transforman los personajes bien diseñados; el reflejo de la critica social que cabalga en cada vocablo, en cada movimiento; el de la inmersión en el gran contexto urbano, eco máximo del palpitar de una ciudad o de la respiración de una sociedad en sus polifacéticos avatares; y, tal vez, podamos escalar un nivel más: el del lenguaje y sus secretos, el de las palabras, el de las voces, el modo del autor al uncir y maridar ideas y sonidos, el de los juegos retóricos y sus efectos, reflejo magnífico del oficio de escritor y de su voluntad de estilo.


Es posible tocar estos niveles en una segunda lectura, o quizá necesitemos otra u otras más: eso dependerá de nuestro interés en la obra, de nuestra experiencia como lectores, de nuestras horas aprendidas en el quehacer del vivir cotidiano. En alguno de estos pasos nos descubriremos confabulados con el autor, y nos hermanaremos con él por nuestra coincidencia ideológica, por nuestras comunes aficiones o, tan sólo, por nuestro placer en la magia del lenguaje.


Noè Jitrik ha dicho: “Me encerré durante los días de la Semana Santa de 1949 y leí las Obras Completas de Dostoiewski de un tirón; salí enfermo y curado al mismo tiempo.” ¡Qué certeza! La lectura, para todo lector honesto, obliga a enfrentar las propias verdades, a hacer el recuento del camino transcurrido, a revisar las metas personales. Cada escritor es el verdadero confesor de los lectores honrados.


Las segundas lecturas, caro amigo, son el encuentro con nosotros mismos: somos el autor, somos sus temas, somos sus palabras. Cada historia contada es nuestra historia. Leer es contemplarnos en otras voces. ¿O no lo cree usted así?


¿Y me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.


anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx
www.endulcecharla.blogspot.com
www.LaRazon.com.mx
Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h
www.miradio.com.mx

(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 17 de enero de 2010)