lunes, 12 de octubre de 2009

LOS HILOS DE CADA DIA


¡Buen domingo, querido lector! He recibido el correo de un amigo cuyo anonimato deseo conservar, pero sí me parece interesante compartir con usted su pregunta: “¿podrías decir cuál ha sido la etapa más importante de tu vida?”

Si usted hubiera recibido esa pregunta, ¿qué contestaría?, ¿cómo seleccionaría una época tan sólo?, ¿podría despreciar o preterir algunos años o meses o días u horas, si todos fueron suyos, si todos estuvieron allí? Es natural: no todo el camino ha sido aprovechado de igual manera. Así como usted, amigo lector, yo también he cubierto etapas de formación, de iniciación en tantos ritos exigidos por la Naturaleza y por la sociedad. Es indudable: hubo algunos más intensos o más difíciles o más gozosos; pero hasta los instantes más anodinos, más insulsos, han cooperado en la construcción de este ser que soy ahora.

Don Alfonso Reyes, el ilustre regiomontano, el mexicano universal, dijo en su Pasado inmediato, refiriéndose a los jóvenes del México de principios del siglo XX: “Trabajo costó a los muchachos de entonces el admitir otra vez que la tela histórica está tramada con los hilos de cada día”. Y esas palabras de don Alfonso son aplicables a cada uno de nosotros. Desde niños, y durante todo nuestro pasar por el mundo, vamos acunando ideas, cobijando emociones, arropando ideales, manteniendo esperanzas… Y llega el día en que somos parte de un enorme entramado cuyos pequeños hilos dejan ver distintos matices, incomparables texturas, variados diseños.

Quizá todos hemos pasado por las grandes etapas casi obligatorias en toda existencia: la formativa hasta obtener un título o un empleo definitivo; la personal, cuando intentamos fundar una familia e integrarnos a la sociedad, y la de la senectud en la que tomamos nuestro lugar en el consejo. Sí, éstas son las grandes estaciones. Son la primavera, el verano, el otoño y el invierno, pero la consecución de la vida no es sólo eso: la primavera misma tiene sus propias etapas, sus momentos de brillo y su transformación hacia una madurez florecida en un verano desgranado de un invierno previo. Y así cada estación. Y así cada “cabrilleo” de nuestra presencia en el planeta.

Nuestro hoy es el resultado de las veinticuatro horas del día precedente, y la del día precedente, la del anterior, y así hasta el momento de nuestro primer llanto. ¿Cómo decir cuál ha sido la mejor etapa? ¡Todas han sido trascendentes! Todas en cada uno de sus resquicios, de sus meandros, de sus íntimos latidos: todas somos nosotros. Nunca podremos desprendernos de la párvula criatura que habitó nuestro ser. Es imposible deshacernos de nuestros primeros azoros, de nuestros primeros miedos, de nuestras primeras dudas. Aún está en nuestra memoria el adolescente asustado al contemplar la vida en plenitud. No podríamos olvidar nuestras intranquilidades por un futuro incierto. ¿Cómo deshacernos de las horas negras o de las sutilísimas que le dieron sentido a nuestra existencia? Hasta la resolución de un problema doméstico nos hará acudir a la mecánica aprendida en la praxis cotidiana cuyo acervo llevamos con nosotros mismos. Ego mecum porto, dijo Bías de Príene: Lo que soy lo llevo conmigo. ¡Gran verdad! Somos una cadena de instantes. No tenemos una etapa más importante que otra. ¡Todas lo son! ¿O no lo cree usted así?

¿Y usted me escuchará el próximo domingo? Gracias. Lo espero.

anaelenadiazalejo@prodigy.net.mx
www.endulcecharla.blogspot.com
Radio 920 AM, 6.15, 19.45 y 21 h

Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 11 de octubre de 2009)

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA CASA DE BERNARDA ALBA


¡Buen domingo, querido lector! Alguien dijo por ahí: ¡La casa de Bernarda Alba está de moda! Permítame usted añadir algo más. Federico García Lorca siempre está de moda. ¿Verdad que nos emocionamos hasta nuestras más profundas raíces con los versos magníficos del Romancero gitano? ¿Y no es cierto que Poeta en Nueva York nos obliga a cobrar conciencia de esa realidad lacerante que deseamos ignorar? El poeta granadino supo quintaesenciar el espíritu de su pueblo y transformarlo en metáforas inusitadas y sugerentes, como debe serlo toda metáfora; intranquilizantes y conmovedoras, como debe serlo siempre todo poema. Recordemos a Machado.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.


García Lorca pertenece a esa España del cincel y de la masa, de la rabia y de la idea, implacable y redentora. Quizá por eso fue victimado por los residuos siniestros de la España de cerrado y sacristía. Cada una de sus obras es un clamor de libertad, es un llamado hacia la Verdad, es un grito de guerra. Su poesía así lo demuestra. Sobre sus versos se cierne la sombra negra de la Guardia Civil, servidora de regímenes opresores, y la tradición de la España inferior que ora y bosteza, que ora y embiste, cuando se digna usar de la cabeza.

Su obra dramática tiene, entre otras piezas, tres tragedias: Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, cuyo gran éxito no ha tenido precedentes en todos los países de raíz hispánica.

De esas tres obras, La casa de Bernarda Alba ha sido indefectiblemente seleccionada para formar parte del repertorio de todas las compañías de teatro. ¿Por qué?, ¿cuál es el motivo de esa predilección? A mí me parece que hay una razón básica: la representación moral del código sexual del pueblo español. Se trata de una tragedia en la que los valores tradicionales del honor están presentes al rojo vivo, y con ellos todos los subvalores que de allí se desencadenan. Los conceptos de soledad, de deseo, de representación social, de buena fama, de pureza física, laten apresuradamente en un mundo de mujeres solas, mujeres sin hombre, nacidas como hermanas pero que luchan entre ellas hasta la muerte por arrebatarse un marido. Bernarda, la madre, la castellana, la representante de la tradición, la poderosa, la dictadora de la vida y la muerte y hasta de los pensamientos de sus hijas, camina por el espinoso sendero que representa el obligar a cinco hembras a quedarse sin hombre. Es inevitable: Bernarda pierde el poder ante una de ellas, Adela, la más joven, la más aguerrida, la temerosa de perder su lozanía entre cuatro paredes encaladas; ella se enfrenta a la madre, pero sólo tiene su vida para responder, y la ofrenda. Y Bernarda Tradición, Bernarda España Vieja, Bernarda de Cerrado y Sacristía, hace de la muerte de su hija un triunfo y grita: “¡La hija de Bernarda Alba ha muerto virgen!”

La Compañía de Teatro del ESPACIO CULTURAL METROPOLITANO presentará esta obra en el turno matutino de los días 6 y 27 de octubre, en el Programa de Teatro Escolar. La dirección, magistral, está a cargo de nuestra primera actriz Sandra Muñoz. ¡Es imprescindible para los jóvenes! ¡Véanla antes de que la Compañía salga para Egipto en representación de México! ¡Véanla!

Y usted, amigo mío, ¿me leerá la próxima semana? Gracias. Aquí lo espero.

(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 04 de octubre de 2009)

DON ALFONSO REYES


¡Buen domingo, querido lector! Sigamos el buen ejemplo que nos ofrece mi cultísimo amigo don Andrés García, y leamos a don Alfonso Reyes, sí, a don Alfonso, al mexicano universal, al humanista mayor del siglo xx mexicano.


FUE EL BENJAMÍN DE AQUELLA NOTABLE Y TODAVÍA NO SUPERADA GENERACIÓN DE ESCRITORES QUE FORMÓ HACIA 1910 EL ATENEO DE LA JUVENTUD Y QUE, AL EMPRENDER UNA REVOLUCIÓN INTELECTUAL PARALELA A LA POLÍTICA Y SOCIAL QUE POR ENTONCES SE INICIABA, FUNDARÍA LAS BASES DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA DE MÉXICO. ANTONIO CASO Y PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA ERAN LOS MAESTROS DE AQUEL GRUPO EXCEPCIONAL; ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ Y LUIS G. URBINA, LOS "HERMANOS MAYORES", Y JUNTO A ELLOS SE CONVERTÍAN EN MAESTROS JOSÉ VASCONCELOS, ALFONSO REYES, JULIO TORRI, MARTÍN LUIS GUZMÁN, CARLOS GONZÁLEZ PEÑA, ALFONSO CRAVIOTO, JESÚS T. ACEVEDO, ALEJANDRO QUIJANO, GENARO FERNÁNDEZ MAC GRÉGOR, LUIS CASTILLO LEDÓN Y RICARDO GÓMEZ ROBELO.


Así inicia José Luis Martínez la Antología de Alfonso Reyes publicada en 1965 como primer número de la colección PENSAMIENTO DE AMÉRICA de la editorial COSTA-AMIC.

La obra de don Alfonso tiene mil facetas y todas ellas importantes para las letras y para la historia de nuestro país. Hombre de intereses enciclopédicos, tuvo una activísima vida académica desde su juventud. En 1913, a los veinticuatro años, obtuvo su título de abogado, y casi de inmediato fue nombrado Segundo Secretario de la Legación de México en Francia. En 1914 va a España y se dedica a la literatura y al periodismo. La doctora Lourdes Franco, estudiosa de esta etapa del trabajo de Reyes, dice: “En 1920, tras la muerte de Venustiano Carranza, José Vasconcelos convence al presidente interino Adolfo de la Huerta para que reasigne a Alfonso Reyes al cuerpo diplomático en Madrid y con la misma categoría que había tenido en Francia.” El reparto agrario promovido por el gobierno del general Obregón había creado graves molestias porque afectaban intereses españoles en tierras mexicanas. “Las relaciones con México llegaron a estar, según expresión misma de Reyes ‘prendidas con alfileres’ y fue justamente su gestión a través de la embajada, de gran ayuda en este sentido.” Tiempos difíciles para don Alfonso allende el mar. Su generosidad de espíritu, su don de gentes, su humanismo innato lo condujeron por el mejor de los caminos: “por una parte contribuyó de manera indiscutible a establecer y consolidar lazos culturales entre los países de habla hispana; por otro, logró la estabilidad política indispensable entre España y México”, concluye la doctora Franco.

De 1924 a 1937 desempeña diferentes cargos en el servicio exterior: Francia, Argentina, Brasil. En 1939 regresa definitivamente a México y preside la Casa de España en México –hoy Colegio de México. Fue Miembro de número de la Academia Mexicana, correspondiente de la Española y catedrático fundador del Colegio Nacional. Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889 (aunque hay quienes afirman que fue en 1890); murió en la Ciudad de México, el 27 de diciembre de 1959.

Don Alfonso escribió poesía, narrativa, ensayo. Su obra (hasta ahora 26 volúmenes en el gran formato de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica) sigue siendo recopilada y estudiada. Algunos títulos son obligatorias para todo mexicano, entre otros: Visión de Anáhuac, verdadera oda a nuestro pasado prehispánico.

Ayer viernes a las 19 horas hemos escuchado la amenísima plática que con el título “Alfonso Reyes, el mexicano universal” nos obsequió uno de sus devotos: don Andrés García, principal promotor cultural en este puerto. Invitado por el Patronato de Bibliotecas Municipales, don Andrés hizo gala de su reconocida erudición sustentada en sus vastísimas lecturas y en su innata amenidad. De esa magnífica charla emergió la figura inmarcesible y grandiosa del gran humanista regiomontano.

Y a usted, ¿lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.

(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 27 de septiembre de 2009)

domingo, 20 de septiembre de 2009

DEL ARTE DE CONVERSAR


¡Buen domingo, querido lector! ¿Disfruta usted de la conversación?, ¿o prefiere quedarse en un oscuro rincón becqueriano leyendo un libro o enjuiciando al mundo? Los extremos no son buenos: eso dijo sesudamente Platón. Yo me atrevería a agregar: tampoco son saludables. Conversar con un solo individuo es tan serio como participar en una dialéctica con varios ponentes. Ambas situaciones requieren de experiencia. Pero, si a usted le parece bien, iniciemos esta charla asumiendo que para platicar, así, de manera general, con una sola persona, hace falta tener un mínimo interés en esa persona o en sus actividades más conocidas. Permítame compartir con usted mi decálogo personal. Primera: si descubrimos que la persona a quien nos dirigimos no desea hablar con nosotros, levemos anclas para no contraer una famita de encimosos cuya consecuencia inmediata sea la animadversión social. Segunda: absolutamente nadie simpatiza con quienes padecen verborrea: ya sabe, esa enfermedad horrible consistente en hablar y hablar y hablar hasta agotar la paciencia de los desdichados escuchas. Huyamos de ellos, pero tampoco nos convirtamos en unos parleros intolerables. Tercera: no conversemos ¡nunca! sobre asuntos religiosos o políticos: estos temas, para que sean provechosos, no se tratan en conversaciones sociales. Cuarta: los problemas personales no son interesantes para nadie: ésos pertenecen al psiquiatra o al médico especialista o al amigo más íntimo, víctima fácil de estos trances. Quinta: saber escuchar; si bien esta norma parece contradecirse con la anterior, no es así: escuchar es atender, interesarse y compartir la palabra con otros, sin convertirnos en estatuas silentes que sólo saben abrir la boca y decir ¡ah! Sexta: encontrar el momento exacto para intervenir en la plática, ya sea para pedir una información más amplia sobre lo dicho o para exponer una duda. Séptima: ser discretos durante el tiempo que hagamos uso de la palabra, para no abusar de la atención de los participantes. Octava: Jamás traer a colación referencias a personas no presentes, ni mencionar experiencias ingratas desconocidas por los demás: la vida privada, propia o ajena, ¡no es motivo de conversación en ningún grupo respetable! Novena: una conversación es un intercambio amistoso de ideas y nunca una polémica que nos lleve a la alteración de nuestros modales. Para eso hay otros medios y cada uno elegirá los que le agraden. Y décima: si estamos iniciando una relación amistosa con una persona, conviene seguir los pasos más conocidos y seguros: ir de lo general a lo particular para, poco a poco, entrar en algún campo que deseemos; esto nos permitirá recibir las señales suficientes sobre las predilecciones de nuestro antagonista.


Toda conversación es más difícil mientras más desconocida nos sea la persona con quien hablamos, a no ser que seamos expertos en sacarle la sopa a todo prójimo con quien nos encontremos por la vida. Si somos respetuosos, seremos cautos y obedeceremos las normas de la buena educación:


En resumen, querido amigo, para conversar necesitamos de una buena contraparte con quien no necesariamente debemos estar de acuerdo, pero sí compartir con ella el gusto por ciertas áreas comunes, sobre todo si cada uno de los participantes sostiene ideas distintas al respecto. Como siempre, es necesario buscar un equilibrio en la alternancia de las palabras y de los silencios, pero sin llegar al extremo de la famosa frase de Plinio el Joven: “Yo hablo sólo conmigo y con mis libros”, ni tampoco guardaremos tan feroz silencio como el que exigía el eximio orador norteamericano, Dale Carnegie (su obra cumbre, Para ganar amigos, fue traducido a 29 idiomas). Él decía: “El talento en la conversación consiste en no hacer ostentación del propio, sino en hacer brillar el de los demás”. Ambas posiciones me parecen un tanto extremas, quizá porque no me es grato hablar con las estatuas. En el arte de conversar cuenta mucho nuestro tipo de personalidad, nuestro oficio, nuestra edad y tantas cosas que nos permiten ejercer nuestro propio estilo. ¿O no lo cree usted así?


Y usted y yo monologaremos la próxima semana? Gracias. Lo espero.


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 20 de septiembre de 2009)



TIEMPO SIN ORILLAS, DE MARISOL VERA



¡Buen domingo, querido lector! El viernes 4 de los corrientes, en la Biblioteca Isaura Calderón (Casa de la Cultura de Tampico), Voces de Barlovento Editores presentó un nuevo libro: Tiempo sin orillas, de la poeta Marisol Vera. Con esta publicación, la editorial porteña concluye su primera etapa de trabajo: ofrecer un espacio gratuito a los poetas tampiqueños cuya obra incipiente fue fruto del Taller de Literatura Argos, así como reconocer la obra ya avalada por la experiencia de algunos de los maestros en el arte de la escritura.


Tiempo sin orillas, paradójicamente, es la opera prima de una poeta que ofrece su canto a la luz pública, pero cuya madurez, obtenida en la presencia constante en publicaciones periódicas y antológicas, deja ver el pulso firme de quien ejerce el oficio de luchar con las emociones, con los sentimientos y, naturalmente, con todos los instrumentos del lenguaje. La riqueza léxica de Tiempo sin orillas abreva en el amor a la tierra, a las raíces atávicas, a los orígenes amados en el color y en la textura, en el sonido y en la lluvia, en el llanto y en la risa.


La presentación del libro estuvo a cargo de Eduardo Uribe, maestro en letras por la Universidad Nacional Autónoma de México, y por el poeta Arturo Castillo Alva. Dos maneras de penetrar el texto quedaron patentes en dos brillantes ensayos: el maestro Uribe ofreció un texto académico, certero y formal, escrito dentro de los rigurosos cánones que exige la crítica literaria; el poeta Castillo Alva caminó por las líneas de cada poema, escuchó su latido, reconoció sus propias raíces, y abrigó el texto de Marisol con palabra mágicas plenas de poesía conformadas en un hermoso poema en prosa cuya síntesis parecía unirse inevitablemente al texto comentado.


Para concluir la velada, Marisol leyó una breve selección de sus poemas, entre ellos, mi preferido: “Flor y canto para Eusebia”. Debo decirle, querido lector, que Eusebia es la mágica abuela de Marisol, misma que ha dotado a su nieta de ese gran amor a la tierra y al pasado. Permítame traer aquí algunos versos, sólo para que se anime a buscar el libro y a leerlo: está en todas las bibliotecas municipales del puerto. Escuche usted:


Citlali, hembra luminosa,

domesticabas estrellas desde tu ventana,

tus dedos de lumbre amansaban el fogón,

sudor deshojado en la enagua;

el universo era bueno y sobrio

como un sol en rama sideral.

Aliviabas la cirrosis de una tumba

en orfandad de la noche;

en tus pechos colgaban todas las maternidades,

en tu negra trenza crecían todas las promesas,

en tus tibias manos hervían todas las caricias.

[…..]

Eusebia, in xochitl in cuicatl,

renacerás en llamarada de follajes,

en el conejo, en el grillo, en la neblina,

en diáfana espesura de los ríos,

en el rostro de los hijos de tus hijos.

Viajarás con el Señor Sol a su casa resplandeciente

y tu alma danzará por siempre,

corazón habitado de palabras.


Prométame que leerá este libro. ¡Será una experiencia inolvidable!

¿Lo espero el próximo domingo? Gracias. Aquí estaré.




(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 13 de septiembre de 2009)

domingo, 6 de septiembre de 2009

BERTOLD BRECHT EN CASA



¡Buen domingo querido lector! Permítame comentar hoy algo verdaderamente singular: el caso de Bertolt Brecht (1898-1956), el dramaturgo alemán que conoció el destierro, pero también la apoteosis. Movido por un espíritu innato de justicia, por una conciencia absoluta de los grandes valores universales, por un espíritu crítico siempre exaltado, creó sus particulares expresiones dramáticas para comunicar, casi de manera obsesiva, el antiguo problema de las infamantes relaciones ofensoras del orden social: opresor y oprimido, explotador y explotado, pero no sólo como situaciones que se dan de manera frecuente y ya casi inadvertida, sino como relaciones avaladas, aceptadas y hasta promulgadas por los códigos jurídicos y morales de la sociedad. Explicablemente, en su momento, esas ideas despertaron intranquilidad a los regímenes establecidos sobre esas bases: de allí la persecución de la que el dramaturgo fue víctima. En su Teatro Didáctico, Brecht, inspirado en los movimientos políticos marxistas, pretende concientizar a los jóvenes de distintas edades: se trata de breves composiciones en un acto −protagonizadas por sus mismos estudiantes−, con una clarísima intención instructora y educadora. Sus representaciones fueron suspendidas demasiadas veces por la policía. Brecht tuvo que llegar al extremo de limitarse a sólo hacer lectura pública de sus textos. En 1933 va al destierro y su obra es prohibida en su patria. Recorre Francia, Dinamarca, Finlandia, la Unión Soviética y, finalmente, los Estados Unidos de Norteamérica donde permaneció hasta 1946. En esos países presentó sus propias piezas, realizó adaptaciones de obras de crítica social, escribió guiones cinematográficos y argumentos para ópera y para ballet. La dialéctica que ofrece su teatro ha precisado los conceptos que nutren su ideología.


Bertolt Brecht representa el movimiento teatral más importante e interesante de toda la escena europea durante la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Sus composiciones líricas han tenido una formidable recepción por el pueblo alemán, apenas comparable con la que, en su tiempo, tuvo la poesía de Heine. Buena parte de su dramática forma parte del repertorio de casi todas las compañías internacionales de teatro.


Recientemente hemos disfrutado de la puesta en escena de La excepcion y la regla, pieza integrante del Teatro Didáctico de Brecht. En el Espacio Cultural Metropolitano, la maestra Leticia Lira y su Grupo 6A8 (Facultad de Música de la Universidad Autónoma de Tamaulipas) siempre atentos a la importancia de los repertorios clásicos, nos han ofrecido seis funciones: 19, 20, 26 y 27 de agosto, 2 y 3 de septiembre. El impecable desempeño de esta compañía logra transmitirnos y convencernos de la ideología de Brecht cuya vigencia es indiscutible hasta nuestros días.


Lástima grande es que aún no hayamos creado el hábito de asistir al teatro. Por su condición de obra representada, este género impulsa al público a mirar los problemas desde una perspectiva individual, a crear ideas propias, a ejercer un criterio personal respecto de los problemas exteriorizados en el escenario: es un atractivo semillero temático sobre la ética, la moral y la estética de nuestra sociedad. Al banquete, colmado de regias fuentes, acudieron muy pocos comensales a pesar de que todos fuimos invitados.


Una lección se cierne de estos hechos: conviene estar pendiente de los espectáculos artísticos que nos obsequian nuestras dos sedes más connotadas: el Espacio Cultural Metropolitano y la Casa de la Cultura de Tampico. No tenemos derecho a desperdiciar los bienes culturales. ¿O no lo cree usted así, querido lector?


¿Me leerá el próximo domingo? Lo espero, aquí estaré.



(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 06 de septiembre de 2009)

sábado, 29 de agosto de 2009

LOS CLÁSICOS ENCUBIERTOS

¡Buen domingo, querido lector! Calmadas las aguas, volvamos al orden, pero, le confieso a usted: mañana tras mañana reviso mi correo con la ilusionada espera de algún desacuerdo. Éstas son las maravillosas oportunidades para compartir ideas. Ande, anímese. Mientras llegan noticias, ¿podríamos recordar algunas frases célebres cuya procedencia hemos atribuido siempre al orden doméstico, dado el tono o el matiz que las reviste? Mire usted, si hurgamos en los lexicones nos topamos con los orígenes más extraños.

Escuche usted ésta: ¡LA ROPA SUCIA SE LAVA EN CASA! Pues sí, este exabrupto fue emitido por el gran Napoleón Bonaparte, azote de los ejércitos de Europa. Motivos tenía, indudablemente, al saber que, en el Cuerpo Legislativo, un abogado había hecho pública gala de improperios contra su manera de gobernar. Reconozcamos: es una frasecita que suena demasiado coquinaria.

Y qué le parece esta otra: DONDE HUBO FUEGO, CENIZAS QUEDAN. No podemos ocultarlo: tiene un tufillo a romanticismo trasnochado, demasiado común, casi sin valor metafórico. Pues estas palabras poseen abolengo latino y proceden del AGNOSCO VETERIS, VESTIGIA FLAMAE, cuya mejor traducción sería: “Reconozco las huellas de una antigua llama”. Son las voces que Virgilio, el célebre escritor latino, puso en boca de Dido, la mítica reina de Cartago, para que confesara, ante su hermana, el amor que la consumía por Eneas, tanto como el que profesó a su propio marido Siqueo. Como usted puede apreciar, se refiere a ese maravilloso don de enamorarse varias veces en la vida. La revelación de Dido, afortunadamente adecuada para asuntos de amor, entró al torrente de la sabiduría y las emociones populares y el tiempo la fue gastando hasta llegar a ese comentario un tanto perogrullesco cuyo eco aún hoy escuchamos.

Usted, amigo mío, recordará de inmediato esta joya: NO DAR PERLAS A LOS CERDOS, en cuya procedencia, MARGARITAS ANTE PORCOS, admiramos la concisión clásica convertida por el vulgo en un dicho popular. Un aire elitista sobrevuela este famoso y justo juicio, apoyado por el Diccionario de frases latinas que nos advierte sobre su empleo destinado a “indicar que al ignorante no se le debe hablar de cosas que no comprende”. Aceptemos la sentencia del evangelista (Mateo 7, 6) y no pretendamos profundizar en el tema. Claro que cuando se es Mateo, la ciencia infusa lo respalda.

Tengo particular preferencia por ese juramento que emitimos cuando nos jugamos el todo por el todo, nos lanzamos a un nuevo proyecto y esperamos el buen éxito: ¡LA SUERTE ESTÁ ECHADA! En el año 48 a. C. el Senado romano había prohibido atravesar el Rubicón bajo pena de traición a la Patria. Para iniciar la guerra civil que terminó en Farsalia, Julio César desafió al Senado y cruzó el río con sus legiones diciendo: ALEA JACTA EST! No cabe duda, los grandes hombres han sido irreverentes. Y así, el Rubicón permanecerá como símbolo de un reto cuya atrevida superación asegura el triunfo.

Y ahora, esta frasecilla plena de glamour, feliz habitante de alguna crónica social elogiosa de esos distinguidos personajes, dama o caballero, preocupados por el número de dobleces que deben lucir las servilletas: ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA. El Diccionario nos informa su procedencia: ARBITER ELEGANTIARUM, tomada de las páginas de Tácito cuando alude a Petronio, el exquisito dictador de la moda en la corte de Nerón y por cuya orden hubo de suicidarse. Por cierto, la identidad de este refinado personaje no está aún del todo definida en la historia de las letras latinas.

Bien, amigo mío, hay por ahí muchas sentencias, aforismos o frases de ilustre abolengo cuya fama les ha sido otorgada por el espaldarazo popular, no siempre en el mismo tono ni con las mismas palabras, naturalmente, pero sí con algún resabio de su glorioso origen. Es bueno darles oídos, quizá estemos escuchando a un clásico muy, pero muy encubierto.

¿Y usted me leerá el próximo domingo? Gracias. Lo espero.


(Columna publicada en el periódico La Razón, Tampico, Tam, 23 de agosto de 2009)